9 de julio de 2011

El rey ha muerto

No cabe ni un alfiler en los aposentos reales. Tumbado en el inmenso lecho de sábanas de seda, envuelto en sudor, se halla el rey. Apenas puede hablar pero, aún así, pide que se acerquen sus oficiales. Para todos ellos tiene una despedida, una palabra, un gesto. Sabe que su fin se acerca. La reina está arrodillada junto a la cabecera.

-¡Por favor, no te vayas todavía! ¡¡Espera a conocer a tu hijo!! ¡¡¡Espera dos meses más, te lo suplico!!! – grita desconsolada.

Los sirvientes, hombres y mujeres, lloran. Los oficiales tratan de mantener la compostura, algo muy difícil siendo amigos del rey desde niños. De repente, la vista real se nubla, sumiendo al hombre más poderoso y temido de la Tierra en la oscuridad.

-Se acabó. Es el fin. – oye decir a uno de sus oficiales. Después, el corazón más valiente y bravo que jamás ha conocido el mundo, se rinde por primera vez en una batalla.

Todo el mundo llora desconsoladamente, algunos se rasgan las vestiduras y maldicen a los dioses. La que ha sido sirvienta personal del rey desde la infancia de éste, saca una daga y se corta las venas a los pies de la cama.

-¡¡Te serviré hasta en la muerte, señor!!

A pesar de sus forcejeos, los hombres se apresuran a cogerla y llevarla a rastras ante el médico. Uno de los oficiales sale de palacio a la explanada, donde el ejército entero se ha reunido a la espera de acontecimientos. Toma aliento y grita:

-¡¡EL REY HA MUERTO!!

Los hombres, que han luchado y sangrado junto a su caudillo en mil batallas, caen de rodillas, maldicen a los cielos y rompen en llanto. Algunos se atraviesan con sus espadas, incapaces de vivir en un mundo sin su querido rey, el hombre gracias al cual han entrado en la leyenda.
Así murió Alejandro III de Macedonia el Grande, el mayor conquistador de la Historia, quien, con sólo 33 años, conquistó la inmortalidad y la gloria.

20 de junio de 2011

Toca ordenar un poco

Bueno, bueno, bueno. Parece que volvemos a encontrarnos. Tras un parón más largo de lo esperado, toca barrer la taberna y adecentar un poco el local para recibir a los clientes de nuevo. Buff, hay más dientes por el suelo de lo que esperaba.... En fin, a trabajar se ha dicho.

2 de mayo de 2011

La Cara Oscura del Carbón

El niño estaba confuso. Era día de escuela pero estaba en casa. Sus abuelos también estaban allí, y muchos familiares y amigos llegaban continuamente. Su madre lloraba abrazada a su abuela. Su abuelo tenía la mirada perdida en el infinito, los ojos enrojecidos y brillantes. No era día de fiesta pero la casa estaba llena de flores muy bonitas y de unos extraños círculos hechos también con flores, con algo escrito en una cinta blanca, aunque no sabía leer. Pero sí sabía que faltaba alguien.
   -Mamá, ¿dónde está papá?
Su madre lo miró con los ojos llenos de lágrimas, y volvió a llorar desconsolada en el hombro de su abuela.
   -A papá no le gusta que llores, mamá. Por eso siempre te dice cosas graciosas y te hace reír. Ya verás como cuando venga de trabajar te anima.
Todo el mundo sonríe ante la inocencia del niño, pero saben que es inútil contarle la verdad, que su padre no hará reír a su madre nunca más.


23 de abril de 2011

Muerte y Resurrección (Final): Renacimiento

Cuando me desperté seguía en la cabaña de Kayla. Estaba tumbado en la cama y ella estaba sentada en una silla a la cabecera. Me sentía muy débil.
   -¿Qué…me has…hecho?
   -Te he desangrado, Janick.
   -¿Quién eres?... ¿Qué eres?
   -Creo que ya conoces la respuesta.
No podía creerlo. Era un vampiro. Todo encajaba. Los colmillos, la piel helada. Pero yo estuve demasiado ciego para verlo, y ahora estaba pagando por ello.
   -Yo puedo poner fin a tu sufrimiento, Janick. Pero debes decírmelo, ¿quieres vivir conmigo, o morir junto a tu familia?
¿Por qué era tan cruel? Quería estar con ella, pero también quería ver a mi familia. El miedo decidió por mí.
   -Vivir…
   -Sabia decisión.
Se levantó de la silla y se puso frente a la cama. Se quitó la blusa de nuevo, y se acercó a mí gateando por la cama. Se hizo un corte en un pecho y lo puso en mi boca.
   -Bebe, mi amor.
La sangre me daba asco, pero el miedo a morir prevaleció. Empecé a beber y poco a poco me fui sintiendo mejor. Ella gemía de placer. Se apartó de mí y volvió a vestirse. Entonces comenzó el dolor.

Sentía que tenía una hoguera en el estómago y en las tripas, que su calor se extendía por todo mi cuerpo abrasando cada una de mis células. Me retorcía de dolor y gritaba.
   -Tranquilo, es tu cuerpo que se muere, pero no hagas caso. Lo mismo nos ocurre a todos. Pronto pasará.
Noté que me ahogaba y empecé a boquear como un pez fuera del agua. Era una agonía horrible. Ya no podía respirar. Me desvanecí.

Al poco tiempo volví en mí. Ya no me dolía nada y respiraba normalmente. Vi que mi piel estaba muy pálida y fría. Pasé la lengua por mis dientes y los noté puntiagudos. Me había convertido en un vampiro. Me levanté de la cama y sentí una fuerza recorriendo mis músculos, como jamás había notado. Miré a Kayla y la vi más hermosa que nunca. De hecho, veía todo a mi alrededor bajo otra luz, estaba como más iluminado, más claro. Mi vista era mucho más aguda que antes.
   -¿Cómo te sientes, Janick?
   -Me siento…bien. Extraño, pero bien.
   -¿No tienes hambre?
Me sorprendió que me hiciese esa pregunta, porque había acabado de cenar. Pero más aún me sorprendió descubrir que estaba hambriento.
   -Sí, mucha.
   -Ven conmigo.
Bajamos por la escalera qua había tras la puerta junto a la chimenea. Llegamos a una sala iluminada por antorchas en la que había dos ataúdes en el centro. Las paredes estaban ocultas tras estanterías repletas de libros y pergaminos antiguos. En una esquina había una pequeña despensa en la que había carne y fruta. En otra esquina había una caja cubierta con una sábana oscura. Nos dirigimos hacia la caja, en vez de a la despensa de la comida, como había creído en un principio.
   -Pero la comida está allí…
   -Esa es para otras personas, para mis escanciadores. Aquí está tu nuevo alimento, querido.
Destapó la caja y lo que vi me dejó perplejo. No era una caja, era una jaula, y allí dentro estaba el muchacho con el que la había visto en la fiesta del pueblo, inconsciente. Así que era verdad que había hablado con alguien esa noche, y el golpe que oí debió de ser lo que lo dejó sin conocimiento.
   -¿Qué demonios significa esto, Kayla?
   -Somos vampiros, Janick, no podemos comer ni beber. Sólo nos alimentamos de sangre.
   -Pero, pero…
Me agarró de un brazo y me zarandeó.
   -¡Espabila, Janick! ¿Es que nunca has oído leyendas de vampiros?
   -Sí, pero no las creía.
   -Pues ya puedes empezar a creerlas. ¡Eres parte de ellas!
Sacó un brazo del muchacho de la jaula y empezó a chuparle la sangre. Me sentía un poco asqueado, pero también fascinado y hambriento. Cuando acabó, sacó el otro brazo y me lo ofreció. Lo tomé y, haciendo de tripas corazón, clavé mis colmillos en él.
No puedo describir la sensación de bienestar y placer que me embargó cuando la sangre fluyo por mi garganta. Me sentí más fuerte aún si cabe. Cuando me hube saciado miré a Kayla con una sonrisa en la cara.
   -¿Sabes? Ahora entiendo lo que habías dicho antes, sobre los escanciadores. – Y estallamos en carcajadas los dos.
   -¿Quieres más sangre, querido?
   -Sí, pero ahora quiero la tuya. – Y me abalancé sobre ella, riendo.
   -Tranquilo, Janick, está a punto de amanecer. Debemos dormir. El ataúd de la derecha es para ti.
Me introduje en él. La sangre vampírica había cambiado mi forma de ser. Ahora era más frío, ya no tenía miedo de nada. Me sentía invencible, seguro de mí mismo, y feliz por poder estar con Kayla para siempre. Ya me daba todo igual, mi familia, mis amigos y la gente del pueblo. Ahora era una criatura de la noche, temida por todos. Me encantaba esa sensación. Dormí como nunca había dormido en mi vida.

Nos despertamos poco después de anochecer con un hambre atroz. Nos dirigimos a la jaula para desayunar.
   -Vaya, parece que el vino se ha avinagrado. –dijo.
El muchacho había muerto durante el día. Kayla me dijo que jamás debía beber de un cadáver. No teníamos alimento en casa así que salimos a desayunar fuera.
La suerte quiso que nos topásemos con una joven pareja que escondía su amor prohibido en la noche.
   -Ella para ti, y él para mí. – me dijo Kayla.
Saltamos sobre ellos como dos lobos hambrientos, y antes de que se dieran cuenta de lo que pasaba, ya estaban desangrados.
   -Déjame explicarte una cosa. Es más divertido jugar al ratón y al gato con ellos, aunque debo reconocer que con la primera víctima de la noche es difícil, por el hambre. Pero cuando aprendas a controlarte, descubrirás que haciéndolo como te digo, saben mucho mejor.
   -No creo que sepan mejor que tú, mi reina.
   -¿En serio? – dijo coqueta, cogiéndome la cabeza y hundiéndola en su cuello.
Hice ademán de hincarle los colmillos en su suave cuello, pero me separó antes de que pudiera probar su sangre.
   -Calma, Janick. Tienes toda la eternidad para disfrutar de mí.
Y nos adentramos en la noche dejando tras de nosotros el eco de nuestras risas, perdiéndonos en la espesura del oscuro bosque escocés, para ocupar nuestro lugar junto a los temores de los mortales.

20 de abril de 2011

Carta de un soldado

Querida familia:

Siento haber tardado tanto en escribiros de nuevo. Sé que dije que escribiría al día siguiente de la batalla, pero no he podido. No por falta de tiempo, sino porque no tenía ánimos para ello.

Cuando nos levantamos el día de la batalla, todos estábamos muy emocionados, y un poco asustados porque sabíamos que ese día podía ser el último de nuestras vidas. Puedo jurar que, tras lo que vi en el campo de batalla, no me hubiera importado que lo fuera. Tanto por las cosas horribles que presencié, como porque he comprendido que nuestros instructores nos han mentido. En la guerra no hay honor, sino horror. No hay héroes, sino locos con suerte. Todo es palabrería para convencer a la gente de que se aliste en el ejército pensando que lograrán medallas y que todo el mundo les respetará para siempre, que si mueren serán envidiados por haber dado la vida defendiendo a su patria, y que las últimas palabras de los verdaderos patriotas van dirigidas a su país. La realidad es completamente distinta, y la he vivido en primera persona.

He visto cosas horribles. He visto a hombres orgullosos, agachados detrás de una roca, escondiéndose como culebras. A hombres fríos como el hielo, llorando desconsoladamente abrazados al cadáver de su amigo acribillado a balazos. A soldados recién llegados morir a mi lado, y alguno entre mis brazos, y puedo jurar que muchos de ellos llamaban a su madre antes de morir, con lágrimas en los ojos, como un niño aterrorizado, y que no se acordaban para nada de la patria. A soldados mutilados en medio del campo de batalla, uno sin una pierna, otro sin las dos, otros literalmente reventados por una granada. Y podría contar muchas más.

Pero lo peor de todo no fue eso. He matado a un hombre. Dicen que cuantos más hombres matas más fácil te resulta, pero no es verdad. No del todo. Si le alcanzas cuando está lejos de ti, tal vez. Al fin y al cabo, es una silueta a lo lejos. Pero no si está a dos metros de distancia. Si está cerca ves en su rostro todas las emociones. Primero la sorpresa, luego la comprensión de que está herido, después el miedo porque va a morir, la súplica en su mirada y, por último, la impotencia. Me sentí tan conmocionado por lo que hice, que me acerqué a él, le cerré los ojos y recé por su alma. Vi que algo asomaba de un bolsillo de su camisa. Era su cartera. La cogí y la abrí. Tenía fotos de sus padres, de su mujer y sus hijos. No pude contener las lágrimas cuando vi la foto de sus hijos. Les pedí perdón por haber matado a su padre, por haberles destrozado la vida. Nunca me conocerán, pero yo jamás podré olvidar sus caritas, sonriendo mientras posaban junto a su padre para la foto, ignorando que sería la última vez que lo verían. Creo que me atormentarán cada noche de mi vida.

No puedo seguir escribiendo más. Son muchos horrores los que he visto en poco tiempo.

Si aún me queréis, rezad por mí alma, porque de esta guerra iré directo al infierno. Aunque tal vez no me quieran en él.


Os quiero a todos.


Muerte y Resurrección (III Parte): Cuerpo y Sangre

Por la mañana me levanté con más energía que nunca, no sé si por haber recuperado el sueño perdido o por las ganas que tenía de ver a Kayla. Como todos los días, fui al mercado a vender mis mercancías, y la mañana se me pasó volando. No obstante, la tarde se me hizo eterna. No sabía qué hacer para matar el tiempo. Cuando por fin anocheció, me despedí de mi familia y me fui al bosque.

 Llegué al río y lo seguí hasta el claro donde había conocido a Kayla. Allí no había nadie, así que me senté a esperar. Empezaba a pensar que ya no vendría, cuando noté que alguien se movía detrás de mí. Me giré y allí estaba ella, hermosa y desconcertante como siempre. La contemplé de arriba a abajo. ¿Es que todo su vestuario era igual de provocativo? Me encantaba observarla, y ella disfrutaba viendo la cara de bobo que se me quedaba.
   -Buenas noche, Janick, me alegra ver que al fin has decidido venir.
   -Kayla...
Se acercó a mí hasta que sus senos me rozaron, y me besó. Creía que ya no me afectaría tanto, pero ahora me faltaba el aire y el corazón se me desbocaba.
   -¿Quieres que demos un paseo por el bosque? – preguntó.
   -Como quieras.
Me  agarró del brazo y empezamos a caminar.
   -Podemos ir a mi casa, si quieres.
No me esperaba eso. No supe qué contestar, presa del nerviosismo y la excitación.
   -Te invito a cenar conmigo. ¿Te parece?
Sentía que el estómago me estaba girando sobre sí mismo.
   -Bueno, no he cenado en casa, así que… acepto encantado. Dime, ¿vives en el bosque? – le pregunté.
   -Sí. ¿Te da miedo adentrarte en él?
   -No, pero me parece raro que alguien viva en el bosque, y más estando tan cerca del pueblo. ¿Vives sola?
   -Sí, así no discutes con nadie, puedes hacer lo que quieras y cuando quieras, pero otras veces es muy aburrido. No tengo a nadie con quien hablar, por eso a veces me paso por el pueblo a ver si conozco a algún chico. Pero a ti, ironías de la vida, te conocí en el bosque.
   -Me cuesta creer que no tengas a decenas de hombres cortejándote, con lo hermosa que eres, deberías tener a medio pueblo revoloteando como moscas a tu alrededor.
   -Eres todo un caballero, Janick. – dijo con una sonrisa provocadora. – Pero no me gusta que me cortejen. Prefiero cortejar yo. – Y me guiñó un ojo.

Seguimos caminando hasta que llegamos a la cabaña de Kayla. Estaba situada en un claro que, a la luz del sol, debía de ser bonito y agradable. La cabaña era bastante grande, de piedra, tenía varias ventanas, de planta cuadrada y tenía el techo de paja. Delante había un pequeño jardincito vallado, con un sendero de piedras que iba desde la entrada de la valla hasta la puerta de madera de la cabaña. A la derecha del sendero había un pozo para sacar agua. Entramos. Era una cabaña agradable. En el centro, sobre una alfombra, había una mesa con cuatro sillas, al fondo una chimenea encendida iluminaba la sala. Las paredes estaban revestidas con tapices. A la derecha, una gruesa cortina separaba la habitación de la sala principal. A la izquierda de la chimenea había una puerta y unas escaleras que bajaban, no podría decir hacia dónde.
   -Bueno, aquí estamos, ¿qué te parece mi humilde morada?
   -Es muy acogedora. Me gusta.
   -Bien, ¿qué te apetece comer? ¿Carne de ciervo, por ejemplo?
   -Sí, gracias.
   -Siéntate a la mesa mientras voy a buscarla.
Desapareció por la puerta que había junto a la chimenea. Creí oírla hablar con un hombre. No pude distinguir las palabras, pero sí su tono. Era un tono autoritario y frío que no le había oído nunca. Él hablaba con voz lastimera y suplicante, pero de repente sonó un golpe y no se oyó más al hombre. Al poco rato volvió a subir con una fuente repleta de carne de ciervo, que puso a asarse en el fuego.
   -¿Hay alguien más aquí? – pregunté.
   -No, Janick, eres el único hombre en mi vida. – dijo, con una sonrisa burlona.
   -Me pareció oírte hablar con alguien ahí abajo.
   -Ah, tranquilo. Es…. quien me proporciona el vino. – y se echó a reír a carcajadas. Yo no le veía la gracia por ningún sitio.
   -¿Tienes una bodega ahí abajo?
   -Más o menos. – Apenas podía hablar por la risa.

Seguimos hablando de temas irrelevantes hasta que la cena estuvo a punto. Kayla se levantó, retiró la carne del fuego y la puso en la mesa delante de mí.
   -¿Tú no cenas? – le pregunté.
   -No tengo hambre, es todo para ti.
Empecé a comer. La carne estaba jugosa y en su punto. Era el mejor ciervo que había probado nunca, pero le faltaba algo.
   -¿Tienes un poco de vino, por favor?
   -Por supuesto. Ahora vuelvo.
Bajó de nuevo por las escaleras. Esta vez no la oí hablar con nadie. Subió con una jarra de vino, que dejó sobre la mesa. De ella surgía un aroma que no sabría describir, pero no lo había percibido nunca en el vino. Trajo un vaso y me sirvió un poco.
   -Puede que lo notes un poco espeso.
   -Gracias, Kayla.
Me llevé la jarra a los labios y bebí. Estaba espeso, sí, y además tenía un saborcillo dulzón. No me gustó mucho, pero no quería hacerle un feo a Kayla, así que me bebí todo el contenido de la jarra.

Cuando terminé de cenar, Kayla me preguntó:
   -¿Qué tal te sientes ahora?
   -En armonía con el universo – respondí, con una sonrisa de satisfacción.
   -¿Quieres que te enseñe el resto de la casa? – preguntó, levantándose.
   -Vale. – La imité.
Me llevó a su habitación. Todo el mobiliario consistía en una cama bajo una ventana a través de la cuál entraba la luz de la luna, y un arcón a los pies de la cama, en el que supuse que guardaba su ropa. También había alfombras en el suelo y tapices en las paredes.
   -Espero que tengas sitio para el postre. – dijo, y me arrojó sobre la cama.
Era muy blanda y confortable. Se puso a horcajadas sobre mí, me arrancó la ropa y empezó a besarme. Jamás había sentido nada como aquellos labios sedosos y húmedos. Por si estuviera poco excitado ya, se quitó la blusa y apretó sus senos contra mi cara. Estaban helados. No pude resistirme más. La abracé con todas mis fuerzas y la tiré sobre la cama, poniéndome yo encima. Le quité la falda. Hicimos el amor hasta que ninguno de los dos pudo más y nos dejamos caer el uno al lado del otro.

Me disponía a levantarme para irme a mi casa, cuando Kayla me abrazó de nuevo.
   -No te vayas todavía, Janick, por favor.
   -Kayla, ha estado muy bien, pero creo que debería irme a casa.
   -No, por favor, quédate un poco más. – me dijo retozona.
   -Me gustaría, pero no puedo, mi familia estará preocupada.
Me abrazó tan fuerte que no podía moverme. Me hacía daño. Empezó a besarme por el cuello.
   -Kayla, por favor, déjame ir, tengo que….
Sentí un dolor punzante en el cuello. ¡Me estaba mordiendo! Forcejeé para que me soltara pero era inútil. Noté que las fuerzas me abandonaban, hasta que todo se volvió negro.

11 de abril de 2011

La Bacanal

La luna iluminaba el claro en el que un grupo de personas celebraba una fiesta. Había una hoguera en un lado, mesas con comida y ánforas de vino en el lado opuesto y una tarima en la que una mujer tocaba la flauta, entonando una alegre melodía. En el centro había una columna de madera adornada con espirales de laurel, de cuya parte superior colgaban unas largas cintas de colores. Los asistentes apenas iban vestidos. Las mujeres llevaban unas cortas túnicas blancas que enseñaban más de lo que tapaban y los hombres unos simples taparrabos blancos. Todos comían, bebían, conversaban y reían. Cuando se hubieron saciado comenzó el baile. Dos mujeres subieron a la tarima, cogieron un arpa y una cítara y comenzaron a tocar una melodía festiva y rápida. Las mujeres se dirigieron hacia la columna, cogieron el extremo de las cintas y comenzaron a bailar en círculos. Los hombres cogieron unos cestos llenos de pétalos de flores y empezaron a arrojárselos a las bailarinas, mientras cantaban. Uno de los hombres cogió un cesto, algo más vacío que el resto, y se dirigió a la hoguera. Arrojó al fuego unas hojas secas. En seguida brotó un aroma fuerte y penetrante invadió todo el claro.

Cuando se acabaron los cestos de pétalos, la música cambió de nuevo. Ahora era lenta y sensual. Las mujeres se desnudaron y comenzaron a bailar con voluptuosos y exuberantes gestos. Al instante, algo se movió en la espesura y empezaron a surgir extrañas criaturas. Ninfas del bosque y sátiros, pequeños seres con torso humano y cuernos y patas de cabra, se unieron a la danza. Las ninfas se quitaron sus túnicas verdes, fueron junto a las mujeres y todas continuaron el insinuante baile. Los hombres y los sátiros contemplaban excitados el espectáculo, hasta que ya no pudieron resistirse más y se dirigieron a las bailarinas. Los hombres cogieron a las ninfas, los sátiros a las mujeres y comenzaron a copular sobre la suave hierba. Cuando la música cesó y la hoguera se consumió, el claro era un mar de cuerpos sudorosos jadeantes, exhaustos de tantos movimientos y contoneos frenéticos. Las criaturas regresaron al bosque en silencio para no perturbar el sueño de los lujuriosos humanos.

El sol sorprendió a los invitados de la fiesta aún dormidos. Cuando despertaron se sorprendieron al verse desnudos. No se acordaban de lo que había sucedido anoche. Algunos tenían un leve recuerdo de haber copulado con las criaturas que habían surgido del bosque. Tal vez había sido efecto del vino. Pero parecía haber sido tan real… Uno de los hombres se acercó a la hoguera para asegurarse de que no quedara ninguna brasa que pudiera incendiar el bosque, y vio algo que llamó su atención. En las cenizas había unas huellas de pezuñas y un jirón de tela verde. Instintivamente miró hacia el bosque. ¿Había un hombrecillo entre los matorrales?

Muerte y Resurrección (II Parte): El banquete


Al día siguiente me levanté cansado. Por suerte otros cazadores habían encontrado ciervos, y ya no tendría que volver al bosque. Desayuné y me fui al mercado a vender. Por el camino, la imagen de Kayla volvió a mi mente. No podía quitármela de la cabeza, pero aún así había decidido no ir a verla, como me había dicho. Aunque era muy bella, también era muy extraña y tenía algo que no me gustaba. Llegué al mercado y expuse mis mercancías. Por suerte, esa mañana hubo muchos clientes y mantuve mi mente ocupada en atenderlos. Pero, de vuelta a casa, el recuerdo de Kayla regresó. Mi familia estaba preocupada.
   -Hijo, ¿te ocurre algo? Pareces distante. – Me preguntó mi madre.
   -No, madre, estoy bien. Estaba pensando en el ciervo que traje anteayer. Me preguntaba si volveré a encontrar otro como ese.
   -¿Seguro que es eso?
   -Sí, madre, tranquila.
   -De acuerdo.
Pero en el fondo ella sabía que no era eso lo que me preocupaba. Obviamente, no tenía ni idea de lo que era, pero así me dejaba en paz.
Por las tardes ya no iba al bosque. No quería encontrarme con Kayla de nuevo, así que ayudaba a mi padre y a mi hermano con las ovejas.
Así pasé los días siguientes, hasta que llegó el día del banquete en la plaza. Por suerte, había mucho que hacer y estuve ocupado desde la mañana hasta la noche, así que no me acordé de Kayla para nada.  Por la mañana fui al mercado, como todos los días, y por la tarde, todos los hombres del pueblo montamos las mesas y bancos en la plaza.

La luna llena no quiso perderse la fiesta. Todo el pueblo estaba allí, vestidos con sus mejores galas. Las mujeres llevaban vestidos largos e impecables. Muchos hombres se habían comprado una falda nueva, ya que algunos la tenían tan gastada que no se sabía a qué clan pertenecían. Para los que no lo sepan, el diseño de la falda identifica a cada clan. Varias hogueras calentaban la fría noche escocesa y permitían asar la carne, inundando todo el pueblo de un olor que resucitaría a un muerto. Las mesas formaban un cuadrado alrededor de las hogueras. Los cocineros iban con  trozos de carne de ciervo y jabalí, y volvían con huesos y desperdicios. Los escanciadores no paraban de servir cerveza, y los músicos amenizaban la velada con sus gaitas y tambores. Cuando terminó la cena comenzó el baile. Los que no habíamos bebido demasiado y aún nos manteníamos en pie retiramos las mesas para hacer una improvisada pista de baile. Yo, que no me gustaba ni sabía bailar, me fui a la mesa donde Angus, el tabernero, había establecido su negocio aquella noche, y contemplé a mis padres y a mis hermanos bailar. Mi padre bailaba con mi hermana y mi madre con mi hermano. Mis padres bailaban muy bien y siempre quisieron que nosotros también aprendiésemos. Conmigo no tuvieron suerte y no lograron enseñarme. Tal vez no estuviese hecho para el baile.
Estuve a punto de ahogarme con la cerveza. Vi a alguien familiar en el otro extremo de la plaza. ¿Kayla? No lograba distinguirla con claridad, con toda esa gente entre nosotros, pero estaba seguro de que era ella. Vestía una camisa negra y escotada, y una falda más corta que la que llevaba cuando la conocí. Estaba hablando con un muchacho moreno en estado de embriaguez, que no apartaba la vista de sus senos. Ella se mostraba igual de coqueta que la otra noche conmigo, él disfrutaba y le seguía el juego, y se habría levantado la falda para enseñarle lo que había debajo si ella no lo hubiese retenido con un ademán y una risita. Nuestras miradas se cruzaron. Me vio, me guiñó un ojo, y se fue con el joven. Quise seguirlos, pero en ese momento apareció mi padre, un poco achispado.
   -¡Janick! Ahí están celebrando una fiesta, ¿sabes?
   -Sí, padre, pero ya sabes que no sé bailar.
   -Y así nunca aprenderás. En fin, yo ya estoy cansado de bailar. Tu hermana no quería parar, ¡pero yo ya estoy viejo! Ja, ja. ¿Quieres que nos emborrachemos juntos, hijo?
Mi padre y su amor por la cerveza. Bueno, ya que no podía seguir a Kayla, me divertiría un rato.
   -De acuerdo. ¡A ver si me aguantas el ritmo, viejo!
   -¡Yo no soy viejo!
   -¡¡Pero si lo acabas de decir tú hace un momento!!
   -¡Ja, ja, ja, ja! ¡¡Angus, que corra la cerveza!!
Cuando mi madre y mis hermanos se cansaron de bailar, vinieron a donde estábamos nosotros. Mi madre y mi hermana se morían de risa cuando nos vieron cantar, abrazados y con una jarra de cerveza en la mano, y a mi hermano parece que le dio envidia nuestro buen humor, porque se unió a nuestra competición de empinamiento de codo. Así pasamos la noche, hasta que se apagó el fuego de la hoguera, momento en que todo el pueblo se fue a dormir.
Por la mañana tenía una resaca de mil demonios, pero estaba de muy buen humor. Todas mis preocupaciones se habían esfumado, y Kayla ya no me daba miedo. Después de haberla visto en la fiesta, supuse que sería del pueblo pero que nunca la había visto, o no la recordaba. Decidí ir a verla, pero esa noche no, que necesitaba dormir y recuperar el sueño. Iría al día siguiente.

14 de marzo de 2011

Muerte y Resurección (I Parte): Encuentro en la oscuridad

Me llamo Janick Miles. Nací en un pueblo de las Highlands, las Tierras Altas de Escocia, en el año 1123, en el seno de una familia humilde pero respetada. Mi padre era pastor y mi madre tejedora, de modo que nos ganábamos la vida fabricando y vendiendo ropa, queso y leche. Yo era el menor de tres hermanos. Mi hermano ayudaba a mi padre con las ovejas que teníamos, las esquilaban, las ordeñaban y hacían queso para nosotros y para vender en el mercado. Mi hermana ayudaba a mi madre a cardar la lana y a confeccionar las prendas. Yo me encargaba de vender los productos en el mercado y de comprar cualquier cosa que necesitásemos. También me gustaba mucho la caza. En mi tiempo libre me iba al bosque con mi arco y mi cuchillo a buscar ciervos o jabalíes, y casi siempre regresaba con una buena pieza, y entonces mi padre, mi hermano y yo desollábamos al animal y lo troceábamos para que mi madre lo cocinara, íbamos al mercado a comprar cerveza y, si el animal era muy grande, invitábamos a nuestros amigos a cenar. Si cazaba un ciervo, al día siguiente llevaba su piel para vendérsela a algún curtidor del pueblo.
Unos días antes de que se celebrara la fiesta del pueblo, cuando estaba preparándome para llevar las mercancías al mercado, mi padre se acercó a mí:
   -Janick, hoy iré yo al mercado a vender.
   -¿Por qué, padre?
   -Ya sabes que dentro de poco es la fiesta del pueblo y habrá una cena para todos en la plaza. Así que, como eres buen cazador, quiero que vayas a cazar algún animal, para que contribuyamos al banquete con algo más que queso.
   -Sí, padre.
   -Ayer en la taberna hablé con los demás cazadores y creen que con que traigas un ciervo grande,  o dos algo más pequeños, y con lo que cacen ellos, habrá para todos.
   -Pero aún faltan algunos días para la fiesta. ¿No será pronto?
   -No, porque ten en cuenta que no siempre que has ido de caza has traído algo, de modo que es mejor empezar a buscar cuanto antes.
   -De acuerdo. Saldré ahora mismo.
Así que cambié la típica falda escocesa por unos pantalones de lana, para no arañarme las piernas con las ramas y los arbustos. Me puse una camisa de lana de manga larga y unas botas de cuero. Cogí mi arco y mi aljaba y me colgué del cinto mi cuchillo de caza y partí para el bosque.
Por desgracia ese día no fue producente. No logré ver ni un solo animal, ni tan siquiera su rastro. Volví a casa desanimado, pero tranquilo porque había más días para intentarlo.
Al siguiente tampoco logré ver nada, pero llegué a un claro donde había un arroyo. Busqué huellas en el barro de la orilla y vi que unos ciervos se habían acercado allí a beber, de modo que, aunque no cacé nada, ya sabía dónde había ciervos.
Al tercer día volví al claro y me subí a un árbol a esperar. Después de dos horas apareció un ciervo enorme, con una cornamenta impresionante. Se puso a beber del arroyo, con tan buena suerte que me ofreció uno de sus flancos para dispararle. Puse una flecha en la cuerda, tensé el arco y disparé. La flecha salió silbando y se clavó en el cuello del animal, que se retorció un momento y luego cayó desangrándose. Acabé con su sufrimiento con mi cuchillo y me lo cargué a la espalda.
Cuando mi padre vio el ciervo no cabía en sí de orgullo.
   -¡Hijo!, ¿dónde has encontrado semejante bestia?
   -En el claro del bosque, por donde pasa el arroyo. Me subí a un árbol y esperé a que se acercara algún animal, y tuve la suerte de que apareciera este.
   -Excelente, excelente. Creo que no hará falta que vuelvas mañana. Esta noche hablaré con los demás.

Al día siguiente, cuando me levanté mi padre me dijo:
   -Hijo, me temo que tendrás que volver al bosque. No todos han tenido suerte y creen que andaremos justos de carne, y que sería bueno traer otra pieza más.
   -Muy bien, padre. Iré ahora mismo.
   -No, hoy debes ir al mercado a vender. Tu hermano y yo estamos ocupados esta mañana. Ve esta tarde.
   -Como quieras.
Cuando regresé del mercado, cogí un trozo de queso y algo de pan para comer por el camino y me dirigí al bosque, con la esperanza de encontrar más ciervos junto al arroyo. Me subí al mismo árbol y esperé. Por desgracia, no apareció ningún animal. Al atardecer me quedé dormido y me caí de la rama en la que estaba sentado. Me di un fuerte golpe en la cabeza y todo se volvió negro.
De repente noté que alguien o algo me sacudía y abrí los ojos. Vi que ya era de noche. A mi lado estaba agachada una mujer con una antorcha.
   -¿Estás bien, chico?-preguntó. Tenía una voz suave y dulce.
   - Sí, creo que sí. Pero me duele todo.
   -Se te pasará, no tienes ningún hueso roto. Has tenido suerte de que te encontrase yo antes que los lobos. Deja que te ayude.
Me cogió de la mano y me levantó del suelo sin apenas esfuerzo. Tenía las manos heladas. Me sacudí las hojas y el polvo de la ropa y me volví hacia ella.
Era más baja que yo. El pelo, muy largo y pelirrojo, le caía en espesos rizos enmarcando un pálido pero bello rostro. Sus ojos grandes eran de un verde intenso que no había visto nunca. Tenía una boca muy sensual, con unos labios carnosos y de un rojo intenso. Vestía una camisa que enseñaba el nacimiento de los senos, grandes y atractivos. Llevaba una falda, que dejaba a la vista unas piernas largas y bien formadas. Tenía unos muslos fuertes y era de caderas anchas. Por último, calzaba unas sandalias de cuero. Era la mujer más bella que había visto en mi vida. Era joven, no tendría más de treinta años.
   -¿Cómo te llamas?
   -Janick Miles.
   -Yo soy Kayla. ¿Quieres que te acompañe a casa, Janick Miles? Estarás confundido por el golpe y ya no se ve.
   -No, gracias. Estoy bien. Además no  vivo lejos y voy armado.
   -Como quieras, pero al menos llévate esta antorcha para ver el camino. – Y me la tendió.
   -Pero tú tampoco verás.
   -Tranquilo, Janick. Conozco el bosque como la palma de mi mano.
   -Gracias.
La cogí y busqué mi arco, que lo había perdido al caerme del árbol. Lo vi unos pasos detrás de mí y fui a cogerlo. Cuando me incorporé vi a Kayla justo delante de mí, con su cara a pocos centímetros de la mía. Sobresaltado, retrocedí.
   -¿Seguro que no quieres que te haga compañía, Janick? – dijo con un tono que, de no estar asustado, me habría excitado.
   -No, de verdad, no te molestes, Kayla. – Me estaba poniendo algo nervioso. Pasé a su lado y tomé el camino a mi casa.

Mientras caminaba no dejaba de pensar en Kayla. Era muy hermosa, pero había algo en ella que hacía que se me pusieran los pelos de punta. No sabría decir qué, era como si fuese irreal. Pero no lo era porque me cogió de la mano y me ayudó a levantarme, o más bien me levantó ella sola. Y ¿cómo logró ponerse delante de mí en apenas un segundo sin darme cuenta? Estaba desconcertado.
Iba sumido en estos pensamientos cuando casi me doy de bruces con ella. Allí estaba de nuevo, sonriendo. No me había fijado en sus dientes. Eran perfectos, pero tenía los colmillos superiores algo más largos y picudos de lo normal. Un escalofrío me recorrió por la espalda y me quedé clavado en el sitio. Sin decir nada, se me acercó y apretó su cuerpo contra el mío. Ahora estaba totalmente seguro de que era real. Noté que no sólo sus manos estaban heladas, sino todo su cuerpo. Podía notar sus senos firmes contra mi pecho. Mi cuerpo reaccionaba a sus encantos. Ella lo notó y, soltando una risita, se acercó aún más. Se puso de puntillas y me susurró al oído.
   -Tranquilo, Janick. Sólo quería decirte que, si quieres venir a visitarme alguna noche, mi puerta estará abierta para ti. Y yo también. – Y sentí su lengua jugueteando con mi oreja.
Tenía la boca seca y apenas podía articular palabra.
   -Yo, yo, no sé si… – logré balbucir, pero puso un dedo helado en mis labios.
   -¿…si sabrás encontrarme? Tú espérame en el claro al anochecer, y yo te encontraré.
Se apartó de mí y me dijo:
   -Ven cuando quieras, Janick Miles.– Me lanzó un beso y se fue. No pude dejar de fijarme en su trasero mientras se adentraba en la oscuridad del bosque. Estuve un rato observando embobado el lugar por donde había desaparecido, y finalmente emprendí de nuevo el camino a casa.
Cuando llegué estaban todos muy preocupados y mi padre y mi hermano estaban a punto de salir en mi busca.
   -¿Qué ha pasado, Janick? ¿Estás bien?
   -Sí, sí, es que…me quedé dormido mientras esperaba y cuando desperté ya era de noche.
   -¿Has cazado algo?
   -No, padre, no puedo cazar dormido. Me voy a acostar. Buenas noches.
Me fui a mi habitación, todavía confundido por lo que había pasado. Jamás habría imaginado  lo que Kayla me tenía reservado para nuestro próximo encuentro.