14 de marzo de 2011

Muerte y Resurección (I Parte): Encuentro en la oscuridad

Me llamo Janick Miles. Nací en un pueblo de las Highlands, las Tierras Altas de Escocia, en el año 1123, en el seno de una familia humilde pero respetada. Mi padre era pastor y mi madre tejedora, de modo que nos ganábamos la vida fabricando y vendiendo ropa, queso y leche. Yo era el menor de tres hermanos. Mi hermano ayudaba a mi padre con las ovejas que teníamos, las esquilaban, las ordeñaban y hacían queso para nosotros y para vender en el mercado. Mi hermana ayudaba a mi madre a cardar la lana y a confeccionar las prendas. Yo me encargaba de vender los productos en el mercado y de comprar cualquier cosa que necesitásemos. También me gustaba mucho la caza. En mi tiempo libre me iba al bosque con mi arco y mi cuchillo a buscar ciervos o jabalíes, y casi siempre regresaba con una buena pieza, y entonces mi padre, mi hermano y yo desollábamos al animal y lo troceábamos para que mi madre lo cocinara, íbamos al mercado a comprar cerveza y, si el animal era muy grande, invitábamos a nuestros amigos a cenar. Si cazaba un ciervo, al día siguiente llevaba su piel para vendérsela a algún curtidor del pueblo.
Unos días antes de que se celebrara la fiesta del pueblo, cuando estaba preparándome para llevar las mercancías al mercado, mi padre se acercó a mí:
   -Janick, hoy iré yo al mercado a vender.
   -¿Por qué, padre?
   -Ya sabes que dentro de poco es la fiesta del pueblo y habrá una cena para todos en la plaza. Así que, como eres buen cazador, quiero que vayas a cazar algún animal, para que contribuyamos al banquete con algo más que queso.
   -Sí, padre.
   -Ayer en la taberna hablé con los demás cazadores y creen que con que traigas un ciervo grande,  o dos algo más pequeños, y con lo que cacen ellos, habrá para todos.
   -Pero aún faltan algunos días para la fiesta. ¿No será pronto?
   -No, porque ten en cuenta que no siempre que has ido de caza has traído algo, de modo que es mejor empezar a buscar cuanto antes.
   -De acuerdo. Saldré ahora mismo.
Así que cambié la típica falda escocesa por unos pantalones de lana, para no arañarme las piernas con las ramas y los arbustos. Me puse una camisa de lana de manga larga y unas botas de cuero. Cogí mi arco y mi aljaba y me colgué del cinto mi cuchillo de caza y partí para el bosque.
Por desgracia ese día no fue producente. No logré ver ni un solo animal, ni tan siquiera su rastro. Volví a casa desanimado, pero tranquilo porque había más días para intentarlo.
Al siguiente tampoco logré ver nada, pero llegué a un claro donde había un arroyo. Busqué huellas en el barro de la orilla y vi que unos ciervos se habían acercado allí a beber, de modo que, aunque no cacé nada, ya sabía dónde había ciervos.
Al tercer día volví al claro y me subí a un árbol a esperar. Después de dos horas apareció un ciervo enorme, con una cornamenta impresionante. Se puso a beber del arroyo, con tan buena suerte que me ofreció uno de sus flancos para dispararle. Puse una flecha en la cuerda, tensé el arco y disparé. La flecha salió silbando y se clavó en el cuello del animal, que se retorció un momento y luego cayó desangrándose. Acabé con su sufrimiento con mi cuchillo y me lo cargué a la espalda.
Cuando mi padre vio el ciervo no cabía en sí de orgullo.
   -¡Hijo!, ¿dónde has encontrado semejante bestia?
   -En el claro del bosque, por donde pasa el arroyo. Me subí a un árbol y esperé a que se acercara algún animal, y tuve la suerte de que apareciera este.
   -Excelente, excelente. Creo que no hará falta que vuelvas mañana. Esta noche hablaré con los demás.

Al día siguiente, cuando me levanté mi padre me dijo:
   -Hijo, me temo que tendrás que volver al bosque. No todos han tenido suerte y creen que andaremos justos de carne, y que sería bueno traer otra pieza más.
   -Muy bien, padre. Iré ahora mismo.
   -No, hoy debes ir al mercado a vender. Tu hermano y yo estamos ocupados esta mañana. Ve esta tarde.
   -Como quieras.
Cuando regresé del mercado, cogí un trozo de queso y algo de pan para comer por el camino y me dirigí al bosque, con la esperanza de encontrar más ciervos junto al arroyo. Me subí al mismo árbol y esperé. Por desgracia, no apareció ningún animal. Al atardecer me quedé dormido y me caí de la rama en la que estaba sentado. Me di un fuerte golpe en la cabeza y todo se volvió negro.
De repente noté que alguien o algo me sacudía y abrí los ojos. Vi que ya era de noche. A mi lado estaba agachada una mujer con una antorcha.
   -¿Estás bien, chico?-preguntó. Tenía una voz suave y dulce.
   - Sí, creo que sí. Pero me duele todo.
   -Se te pasará, no tienes ningún hueso roto. Has tenido suerte de que te encontrase yo antes que los lobos. Deja que te ayude.
Me cogió de la mano y me levantó del suelo sin apenas esfuerzo. Tenía las manos heladas. Me sacudí las hojas y el polvo de la ropa y me volví hacia ella.
Era más baja que yo. El pelo, muy largo y pelirrojo, le caía en espesos rizos enmarcando un pálido pero bello rostro. Sus ojos grandes eran de un verde intenso que no había visto nunca. Tenía una boca muy sensual, con unos labios carnosos y de un rojo intenso. Vestía una camisa que enseñaba el nacimiento de los senos, grandes y atractivos. Llevaba una falda, que dejaba a la vista unas piernas largas y bien formadas. Tenía unos muslos fuertes y era de caderas anchas. Por último, calzaba unas sandalias de cuero. Era la mujer más bella que había visto en mi vida. Era joven, no tendría más de treinta años.
   -¿Cómo te llamas?
   -Janick Miles.
   -Yo soy Kayla. ¿Quieres que te acompañe a casa, Janick Miles? Estarás confundido por el golpe y ya no se ve.
   -No, gracias. Estoy bien. Además no  vivo lejos y voy armado.
   -Como quieras, pero al menos llévate esta antorcha para ver el camino. – Y me la tendió.
   -Pero tú tampoco verás.
   -Tranquilo, Janick. Conozco el bosque como la palma de mi mano.
   -Gracias.
La cogí y busqué mi arco, que lo había perdido al caerme del árbol. Lo vi unos pasos detrás de mí y fui a cogerlo. Cuando me incorporé vi a Kayla justo delante de mí, con su cara a pocos centímetros de la mía. Sobresaltado, retrocedí.
   -¿Seguro que no quieres que te haga compañía, Janick? – dijo con un tono que, de no estar asustado, me habría excitado.
   -No, de verdad, no te molestes, Kayla. – Me estaba poniendo algo nervioso. Pasé a su lado y tomé el camino a mi casa.

Mientras caminaba no dejaba de pensar en Kayla. Era muy hermosa, pero había algo en ella que hacía que se me pusieran los pelos de punta. No sabría decir qué, era como si fuese irreal. Pero no lo era porque me cogió de la mano y me ayudó a levantarme, o más bien me levantó ella sola. Y ¿cómo logró ponerse delante de mí en apenas un segundo sin darme cuenta? Estaba desconcertado.
Iba sumido en estos pensamientos cuando casi me doy de bruces con ella. Allí estaba de nuevo, sonriendo. No me había fijado en sus dientes. Eran perfectos, pero tenía los colmillos superiores algo más largos y picudos de lo normal. Un escalofrío me recorrió por la espalda y me quedé clavado en el sitio. Sin decir nada, se me acercó y apretó su cuerpo contra el mío. Ahora estaba totalmente seguro de que era real. Noté que no sólo sus manos estaban heladas, sino todo su cuerpo. Podía notar sus senos firmes contra mi pecho. Mi cuerpo reaccionaba a sus encantos. Ella lo notó y, soltando una risita, se acercó aún más. Se puso de puntillas y me susurró al oído.
   -Tranquilo, Janick. Sólo quería decirte que, si quieres venir a visitarme alguna noche, mi puerta estará abierta para ti. Y yo también. – Y sentí su lengua jugueteando con mi oreja.
Tenía la boca seca y apenas podía articular palabra.
   -Yo, yo, no sé si… – logré balbucir, pero puso un dedo helado en mis labios.
   -¿…si sabrás encontrarme? Tú espérame en el claro al anochecer, y yo te encontraré.
Se apartó de mí y me dijo:
   -Ven cuando quieras, Janick Miles.– Me lanzó un beso y se fue. No pude dejar de fijarme en su trasero mientras se adentraba en la oscuridad del bosque. Estuve un rato observando embobado el lugar por donde había desaparecido, y finalmente emprendí de nuevo el camino a casa.
Cuando llegué estaban todos muy preocupados y mi padre y mi hermano estaban a punto de salir en mi busca.
   -¿Qué ha pasado, Janick? ¿Estás bien?
   -Sí, sí, es que…me quedé dormido mientras esperaba y cuando desperté ya era de noche.
   -¿Has cazado algo?
   -No, padre, no puedo cazar dormido. Me voy a acostar. Buenas noches.
Me fui a mi habitación, todavía confundido por lo que había pasado. Jamás habría imaginado  lo que Kayla me tenía reservado para nuestro próximo encuentro.