9 de julio de 2011

El rey ha muerto

No cabe ni un alfiler en los aposentos reales. Tumbado en el inmenso lecho de sábanas de seda, envuelto en sudor, se halla el rey. Apenas puede hablar pero, aún así, pide que se acerquen sus oficiales. Para todos ellos tiene una despedida, una palabra, un gesto. Sabe que su fin se acerca. La reina está arrodillada junto a la cabecera.

-¡Por favor, no te vayas todavía! ¡¡Espera a conocer a tu hijo!! ¡¡¡Espera dos meses más, te lo suplico!!! – grita desconsolada.

Los sirvientes, hombres y mujeres, lloran. Los oficiales tratan de mantener la compostura, algo muy difícil siendo amigos del rey desde niños. De repente, la vista real se nubla, sumiendo al hombre más poderoso y temido de la Tierra en la oscuridad.

-Se acabó. Es el fin. – oye decir a uno de sus oficiales. Después, el corazón más valiente y bravo que jamás ha conocido el mundo, se rinde por primera vez en una batalla.

Todo el mundo llora desconsoladamente, algunos se rasgan las vestiduras y maldicen a los dioses. La que ha sido sirvienta personal del rey desde la infancia de éste, saca una daga y se corta las venas a los pies de la cama.

-¡¡Te serviré hasta en la muerte, señor!!

A pesar de sus forcejeos, los hombres se apresuran a cogerla y llevarla a rastras ante el médico. Uno de los oficiales sale de palacio a la explanada, donde el ejército entero se ha reunido a la espera de acontecimientos. Toma aliento y grita:

-¡¡EL REY HA MUERTO!!

Los hombres, que han luchado y sangrado junto a su caudillo en mil batallas, caen de rodillas, maldicen a los cielos y rompen en llanto. Algunos se atraviesan con sus espadas, incapaces de vivir en un mundo sin su querido rey, el hombre gracias al cual han entrado en la leyenda.
Así murió Alejandro III de Macedonia el Grande, el mayor conquistador de la Historia, quien, con sólo 33 años, conquistó la inmortalidad y la gloria.