31 de diciembre de 2012

Fin de Año


Se acerca la hora de la cena de Nochevieja. Todas las mesas de la taberna están dispuestas con comida, bebida y demás parafernalia festiva. Pero hoy no vendrán los clientes habituales, esta es una noche para compartir con amigos. Los amigos del tabernero, que ha tirado la casa por la ventana para obsequiarlos con una fiesta de muerte (nunca mejor dicho).

Empieza a llegar la gente, MarcosDK, con su amiga Ariana, Alexandria, David, Diego, El Dragón, Leyna, Emmanuel, Francisca, Jaume, Merce, Nora, Olga, Raquel, Pedro, Rubén, Stephany, Azur Ness, Alex, Kyra, Lola, Carlos, y una que está “Loka” (lo siento pero no sé cómo te llamas… XD).

Después de los saludos y las presentaciones correspondientes, da comienzo la cena. La bebida y la comida, sobre todo la bebida, empiezan a correr entre comentarios, anécdotas y risas.

Una vez que todos se han hartado de comer y de beber, alguno más de beber que de comer, es la hora de las uvas. Como en todas las casas, siempre hay alguno que se atraganta y otros que no acaban a tiempo.

Después del brindis con champán y los pertinentes buenos deseos, es la hora de las historias. Con tan distinguidos invitados, se prevé una noche larga y divertida.

Por cierto, mañana cada uno a comer a su casa.



27 de diciembre de 2012

Feliz Navidad y Próspero Año!!

Bueno, bueno, mis fieles amigos. Tras un inmenso parón en busca de esa esquiva compañera a la que llamamos Inspiración, vuelvo a caminar entre vosotros. Para esta nueva reaparición tengo en mente contaros mi historia, esa de cómo demonios es que estoy muerto y tengo una taberna, amén de otras historias que encontraréis más o menos interesantes. Os deseo unas felices fiestas desde este bullicioso antro infernal situado en algún lugar entre la Vida y la Muerte....

16 de mayo de 2012

El Mercader Afortunado


Era día de mercado en Târgoviste. Los mercaderes anunciaban sus productos a grandes voces. Uno de ellos, un mercader búlgaro, estaba sentado bajo el toldo de su puesto, dormitando mientras uno de sus criados atendía a los clientes. De repente, se dio cuenta de que faltaba una bolsa que contenía monedas de oro.
-Maldición, si antes estaba aquí.
La buscó por todas partes, pero infructuosamente.  A la hora del almuerzo, comentó su desgracia a los demás mercaderes.
-Denunciad el robo al voivoda y tendréis la bolsa en menos tiempo que se persigna un cura loco. – dijo un comerciante local.
-Pero ni siquiera he visto a quien me la robó. ¿Cómo la va a encontrar?
-Hacedme caso. El voivoda tiene recursos de sobra. Id al castillo y denunciad.
-Bien.
Cuando acabaron de comer, el mercader siguió el consejo de su colega y fue a ver al voivoda. Llegó a las puertas del castillo, donde unos guardias le cortaron el paso.
-¿Quién sois y qué queréis?
-Eh… yo… soy mercader. Me han robado en el mercado esta mañana una bolsa de monedas de oro.
-Y queréis que mi señor la encuentre, supongo.
-Sería una alegría para mí.
-Bien, os llevaré ante él – dijo el guardia. – Seguidme.
Cruzaron en el patio del castillo, donde había guardias que se entrenaban con las armas. Entraron en el edificio principal y subieron unas escaleras hasta la segunda planta. Allí giraron a la derecha y ascendieron por una escalera de caracol, hacia la torre donde estaba el salón del trono, supuso el mercader.
Llegaron arriba ante una puerta doble custodiada por dos guardias.
-Esperad aquí – dijo el guardia que le acompañaba, y entró en la sala.
El mercader esperó, sintiendo las miradas curiosas de los soldados.
El guardia salió al cabo de unos instantes.
-Pasad.
El mercader entró en el gran salón. Una larga alfombra roja cubría el suelo desde la puerta hasta el trono, que se hallaba sobre dos tramos de cuatro escalones. Sentado en el trono de madera maciza, estaba Vlad Draculea, voivoda de Valaquia.
El asustado mercader había oído historias extrañas sobre aquel hombre. Sintió que su mirada le traspasaba hasta el alma.
-¿Qué os trae ante mí, buen hombre? – preguntó el voivoda con una voz grave, pero amable.
-Eh… me han robado una bolsa de monedas de oro en el mercado esta mañana, mi señor.
-¿Habéis visto al ladrón?
-No, mi señor.
-Decidme dónde está situado vuestro puesto.
-Está junto a la fuente de la plaza el mercado.
-Bien, volved mañana a esta hora, mercader. Retiraos.
-Mi señor.
Al día siguiente, después del almuerzo, el mercader volvió al castillo. En la puerta estaba el mismo guardia del día anterior, quien le reconoció al instante.
-El voivoda os espera en el patio. Entrad.
El hombre entró en el recinto, y lo que vio le dejó helado. En el centro del patio había cinco personas empaladas, dos mujeres y tres hombres. A un lado de las estacas, sentado en un escabel y con una amplia sonrisa en la cara, estaba el voivoda. En sus manos tenía la bolsa que le habían robado al mercader. Se la arrojó a los pies.
-¿Es esta vuestra bolsa? – preguntó.
-S…s…sí, mi señor – balbució el mercader.
-Contad las monedas para ver si están todas.
El sudoroso mercader contó las monedas con manos temblorosas. Estaba tan nervioso que se perdió y tuvo que empezar de nuevo. Cuando terminó estaba más nervioso que cuando había empezado.
-Eh…so…sobra una, mi señor.
El voivoda sonrió más aún, mostrando unos dientes níveos.
-Id con Dios, mercader. Vuestra honradez os ha salvado. Si os la hubiérais quedado, esta estaca sería para vos.
-Gracias, mi señor.
El mercader se dio la vuelta y se fue a toda prisa del patio, sintiendo la mirada del voivoda en la nuca.

5 de mayo de 2012

La Maldición Templaria: Capítulo Final


18 de marzo de 1314
Era el último día de su vida, y Jacques de Molay lo sabía. El propio Guillermo de Nogaret había bajado en persona para decírselo, al día siguiente de su confesión.
Se despertó por última vez como siempre, frío, con la túnica húmeda y con los huesos doloridos. Bueno, pensó, dentro de unas horas entraré en calor.
El día transcurrió como otro cualquiera, con el mismo silencio, la misma comida que haría vomitar a las cabras, y de nuevo más silencio.
Cuando faltaba una hora para el ocaso, el padre Bertrand entró acompañado de un soldado.
-¿Sabéis una cosa, padre? Estoy empezando a cansarme de vos y de vuestra cara. – dijo el preso a modo de saludo.
-No sufráis innecesariamente. Mañana ya no veréis mi cara, sino la de Dios todopoderoso.
-Dejaos de falsa bondad y consuelo. Casi os doblo la edad y, vive Dios que os triplico la inteligencia.
-¿Queréis confesión?
-No. Creo que con todos los moros que he matado le he demostrado a Dios del lado de quién estoy.
-¿Estáis seguro? – repuso el sacerdote.
-Tan seguro como que hoy voy a morir.
-Que así sea.
El padre Bertrand salió y, al cabo de unos diez minutos, entraron dos guardias en la celda.
-Arriba, viejo. Vas a respirar de nuevo aire puro, antes de respirar hollín.
El Gran Maestre se levantó del montón de paja y los soldados le pusieron grilletes en manos y pies.
-Vamos – dijo un guardia, dándole un empujón.
Fuera de las mazmorras había una jaula en un carro tirado por bueyes. En el interior de la jaula había otros dos presos. Eran templarios. Entró en el carro impulsado sin miramientos por un guardia.
-Señor, no sabíamos que estabais aquí – dijo uno de los presos.
-Ahorrad aliento, hermanos, para pedir a Dios que muráis asfixiados por el humo antes que quemados por el fuego.
El carro empezó a moverse. Salió a las atestadas calles de París, rumbo a Notre-Dame. La gente, a duras penas contenida por los guardias de la Corona, tiraban hortalizas variadas, escupían y abucheaban a los presos a su paso. El trayecto se les hizo eterno.
Cuando por fin llegaron a la Île de la Cité, vieron tres piras de leña, el doble de altas que un hombre, entre la catedral y el palco de autoridades.
Los guardias sacaron a los presos y los condujeron a los postes que coronaban las piras, encadenando al Gran Maestre en la pira central.
Jacques de Molay dirigió la vista al palco, observando a los que serían testigos de su muerte. Estaban los Doce Pares de Francia, varios nobles y, en los asientos centrales, los reyes Felipe IV y su esposa Juana I de Navarra, flanqueados a la derecha por el papa Clemente V y a la izquierda por Guillermo de Nogaret, quien lucía una sonrisa amplia y socarrona.
Cuando los presos estuvieron atados a sus respectivos postes, el rey se levantó y pronunció la sentencia.
-Jacques de Molay, por los cargos de herejía, idolatría, sodomía y blasfemia, os condeno a vos y a vuestros hermanos a morir en el fuego purificador. Que Dios se apiade de vuestras almas.
El rey se sentó y el verdugo encendió las piras. La plaza se iluminó con la infernal luz del fuego, levantando el clamor de la muchedumbre. El fuego se elevó rápidamente, engullendo a los tres hombres. De repente, se alzó un fuerte viento que apartó las llamas de las piras, permitiendo al Gran Maestre mirar a los ocupantes del palco. Gritó por encima del ruido del viento, del fuego y de la muchedumbre que, sorprendida por la ira y la fuerza del grito del anciano templario, enmudeció.
-Dios sabe quién se equivoca y ha pecado, y la desgracia se abatirá pronto sobre aquellos que nos han condenado sin razón. Dios vengará nuestra muerte. Señor, sabed que, en verdad, todos aquellos que nos son contrarios, por nosotros van a sufrir.
Todos los presentes contuvieron el aliento.
-Clemente, Guillermo y vos también Felipe, traidores a la palabra dada, ¡os emplazo a los tres ante el Tribunal de Dios!... A vos, Clemente, antes de cuarenta días, y a vos, Felipe y Guillermo, dentro de este año. ¡¡Y maldita la Corona hasta la decimotercera generación!!
El viento cesó y las llamas ocultaron para siempre al último Gran Maestre de la Orden del Temple.

21 de abril de 2012

La Maldición Templaria: Capítulo II


El hombre medía su lujoso despacho a grandes zancadas, como un león enjaulado. Hacía lo mismo cada vez que el padre Bertrand bajaba a la celda de Jacques de Molay. Llevaba ya varios meses con el asunto de los templarios, un tema que no le gustaba en absoluto. No obstante, debía reconocer que la farsa estaba saliendo de maravilla. Habían logrado verter falsas acusaciones sobre ellos y que la Inquisición se las tragara. Por si eso fuera poco, el papa Clemente V había ordenado la disolución de la Orden, de modo que toda la cristiandad tenía a los templarios por unos malditos herejes. Sin embargo, hasta que no viera a su Gran Maestre reducido a cenizas, no dormiría tranquilo. En ese momento, cualquier templario que quedase vivo, perdería toda esperanza de reconstrucción de la Orden, otrora la más poderosa de la cristiandad.
El hombre se detuvo en seco cuando escuchó unos golpes en la puerta.
-Adelante – ordenó, mientras se sentaba por fin en la silla tras su mesa.
El padre Bertrand entró y cruzó el despacho, admirando la mullida alfombra que decoraba el suelo de piedra, las estanterías repletas de libros y algún que otro tapiz colgado de las paredes, hasta el escritorio de madera maciza tras el cual un fuego calentaba la sala.
-Hablad.
-Ha firmado, señor – dijo escuetamente el sacerdote, depositando un pergamino encima de la mesa.
En el rostro de Guillermo de Nogaret se dibujó una amplia sonrisa. Esperaba esa noticia con ansiedad desde hacía tiempo. Cogió el pergamino y empezó a leer.
-Decidme, padre. ¿Ha reconocido las acusaciones?
-No, señor. Pero esta vez se ha dado cuenta de que, realmente, no tenía otra opción.
-Bien, podéis retiraros – dijo Nogaret guardando la confesión en un cajón de su escritorio.
El padre Bertrand hizo una reverencia y salió.
Por fin, Guillermo de Nogaret pudo hacer algo que deseaba hacer desde hacía mucho, respirar aliviado. Y reír. Rió como nunca se había reído, en parte por el alivio, y en parte por el éxito que había tenido. Se reía de la Inquisición, de cómo se habían tragado sus mentiras. Si alguien hubiese entrado en ese momento en su despacho, pensaría que había perdido el juicio.
Cuando recuperó la compostura, se dirigió a los aposentos del rey para comunicar al soberano la grata noticia. Avanzó por los laberínticos pasillos a paso ligero, ignorando a guardias y sirvientes, hasta alcanzar una puerta doble ante la cual se apostaban dos guardias durante las veinticuatro horas del día.
-Dejad paso.
Los guardias se retiraron a un lado. Guillermo llamó a la puerta.
-¿Quién va? – preguntó el rey desde el interior.
-Soy yo, majestad.
-Pasad.
Guillermo entró en los aposentos reales. Siempre que entraba allí le invadía tal sensación de inferioridad que le subía la bilis a la boca. La gran sala estaba calentada por nada menos que cuatro chimeneas en las que el fuego crepitaba alegremente. Las paredes están cubiertas por gruesos tapices con escenas de caza y de Tierra Santa, seguramente traídos por el abuelo del rey, Luis IX de Francia, San Luis. Sobre cada chimenea se exhibían los trofeos de caza del rey, el cual era un gran aficionado a este deporte. Encima una gran mesa de madera estaba el desayuno esperando. En el enorme lecho cubierto de seda y flanqueado por gruesas alfombras estaban el rey y una mujer, cuya cabeza no soportaba el peso de la corona consorte.
El rey se levantó y se vistió. Felipe IV de Francia, llamado el Hermoso, no era un hombre que dejara indiferente. Alto, de hombros anchos y larga cabellera rubia, las mujeres lo deseaban y los hombres lo envidiaban por ello.
-¿Qué os trae aquí a estas horas, señor de Nogaret? – preguntó el rey.
-Una noticia que sin duda os agradará, mi señor.
-Decid. – ordenó el monarca dirigiéndose a la mesa y cogiendo una fruta.
-El Gran Maestre ha firmado la confesión que tanto ansiábamos.
-Vive Dios, que ya era hora.
Guillermo se esperaba una reacción algo más efusiva. No contaba con que el rey de Francia empezara a dar saltos por sus aposentos y que tirara la corona al aire, pero sí al menos una sonrisa.
-Bien, disponedlo todo para dentro de siete días. Será en la Île de la Cité, frente a las puertas de Notre-Dame.
-Como ordenéis, majestad.
-¡Ah!, casi lo olvido. Recordad invitar a Su Santidad, señor de Nogaret.
-Sí, mi señor.
-Bien, retiraos.
-Majestad.
Guillermo se dio la vuelta y se dirigió a la puerta. A medio camino, oyó las risitas de la acompañante del rey, el cual, sin duda, se disponía a celebrar la noticia.

7 de abril de 2012

La Maldición Templaria: Capítulo I

   En un rincón de la húmeda y fría mazmorra, sobre un montón de paja, un anciano contemplaba los rayos del sol que se colaban a través de los barrotes de un pequeño tragaluz. Por su aspecto, se diría que llevaba allí bastante tiempo. Su barba, larga y descuidada, lo atestiguaba. La gastada túnica que vestía apenas le protegía del frío de la celda. El anciano se hallaba sumido en sus pensamientos cuando escuchó el sonido de la llave girando en la cerradura de la puerta.
   Acompañado por un guardia armado, un sacerdote con cara bondadosa entró en la celda. El anciano sabía que la bondad era una máscara. Conocía demasiado bien a los sacerdotes al servicio de la Inquisición.
   -Dejadnos solos, por favor – le dijo el sacerdote al soldado.
   El soldado salió y cerró de nuevo la puerta.
   -Buenos días, hijo mío. ¿Habéis decidido confesar?
   El anciano levantó la cabeza, dirigiendo al sacerdote una mirada cargada de odio y cansancio.
   -¿Vos otra vez? ¿Qué queréis que confiese? ¿Que he dedicado toda mi vida a proteger a los más necesitados? ¿Que he sacado a la Corona francesa de innumerables apuros económicos? ¿Que ahora el rey me traiciona a mí y a mis hermanos por miedo y porque nos debe incontables cantidades de oro y plata? Bien, tomad nota de todo esto por enésima vez, si os place.
   -¿Negáis, pues, todas las acusaciones de herejía, idolatría, sodomía y blasfemia vertidas sobre vos y sobre vuestros hermanos?
   -Las niego y escupo sobre ellas – respondió el preso acompañando las palabras con hechos.
   -¿Igual que escupíais sobre el Crucificado?
   El anciano se levantó de su montón de paja, con tal velocidad que asustó al clérigo.
   -¡Mentira! - tronó el preso - ¡Jamás ningún miembro de mi Orden ha hecho semejante cosa! ¿Cuántas veces he de repetirlo?
   -¿Podéis demostrarlo? – repuso tranquilo el sacerdote.
   El anciano agachó la cabeza y volvió a sentarse, cansado y abatido.
   -Sabéis que es mi palabra contra la del rey, el Papa y la Inquisición. No tengo nada que hacer.
   -Luego asumís las consecuencias que ello os acarrea, supongo.
   -¿Acaso tengo otra alternativa?
   -Confesad. Liberad vuestra conciencia para reuniros con Dios en paz.
   El anciano guardó silencio unos instantes. Estaba hastiado de oír esa frase pero, esta vez, la meditó.
   -De acuerdo… - contestó, sabiendo que su destino, dijera lo que dijese, estaba sellado.
   El sacerdote no se esperaba esa respuesta.
   -Bien, firmad este documento – dijo, tendiéndole un pergamino y una pluma.
   El reo leyó el texto. En líneas generales, decía que reconocía todos los cargos de los que estaba acusado y que aceptaba la penitencia que le fuese impuesta. Una sonrisa irónica asomó a sus labios al leer la palabra “penitencia”. Sabía muy bien que el verdadero significado de esa palabra era “muerte en la hoguera”. Cuando terminó de leer, cogió la pluma y firmó, tras lo cual devolvió al sacerdote el pergamino.
   -El rey tomará una decisión sobre vuestro caso y se os informará a su debido tiempo. Ahora, os dejo para que oréis, si lo consideráis oportuno.
   El clérigo se dirigió a la puerta y dio dos golpes. De nuevo, el guardia abrió y el sacerdote se retiró, dejando a Jacques de Molay, Gran Maestre de la Orden del Temple, sumido en la soledad de la mazmorra. 

24 de marzo de 2012

Profecía Escandinava


   Tras tres inviernos seguidos de ningún verano, dos lobos saciarán su hambre con el sol y la luna, sumiendo al mundo en la más profunda oscuridad. El Maligno volverá al mundo acompañado de su hijo.
   Tres gallos cantarán, uno rojo para los Gigantes, uno dorado para los Dioses y uno naranja para los Habitantes del Infierno.
   La serpiente marina resurgirá, golpeando a la Tierra con el Mar, escupiendo veneno sobre la Tierra y el Cielo.
   Del Este vendrá un barco construido con las uñas de los muertos, que transportará a los Gigantes al campo de batalla. Del Norte vendrá otra nave, capitaneada por el Maligno, que traerá como tripulación a los Habitantes del Infierno.
   Los Gigantes de Fuego vendrán desde el Sur, arrasando el mismo Cielo y dejándolo todo en llamas. La bestia que guarda el Infierno romperá sus cadenas y se unirá a ellos.
   Un cuerno retumbará, llamando a los Dioses a la batalla. Vendrán del Oeste, acompañados por las almas de los valientes, cubiertos de hierro.
   Dioses y Gigantes sucumbirán por igual, el mundo arderá y la Muerte será la gran beneficiada, no quedando alma con vida en la Tierra, la cual se hundirá en el Mar.