30 de enero de 2012

La Fiesta

El castillo se alza en lo alto de la montaña, con sus torres desgarrando la niebla que cubre el cielo nocturno. En su interior, el guardián de la mazmorra se halla escribiendo inocentemente en su despacho. De repente, alguien le cubre la cabeza con un saco y lo arrastra hasta la puerta del castillo, donde lo meten en una carreta.

El guardían despierta asustado y confuso. No sabe cuanto tiempo ha pasado ni dónde demonios está. Alguien le quita el saco de la cabeza. Se encuentra atado a una silla, y rodeado de esqueletos, con su eterna sonrisa de muerte. El grupo de muertos se abre y aparece un esqueleto más grande y con una túnica con capucha. Acerca su cara a la del guardián.

-¡SORPRESA! - dice el esqueleto de la capucha.

De repente se encienden todas las luces de La Taberna de los Muertos. El guardían sonríe confuso.

-¿Pero qué puñetas...?

-¡FELIZ CUMPLEAÑOS! - gritan los esqueletos, soltando al hombre, quien se levanta mirando extrañado y aliviado a su alrededor. Todas las mesas están repletas de jarras de cerveza y platos con comida para picar. De las paredes y techo cuelgan calaveras y huesos a modo de grotescos adornos de fiesta.

El guardián y los esqueletos empiezan a beber y a comer y no tardan mucho en pedirle que cuente alguna de sus historias para amenizar la reunión. El guardián no puede resistirse y acepta. Así, tras el susto inicial, el guardíán y los esqueletos disfrutan de una noche de historias, divertidas unas, de muerte y maldición otras.

26 de enero de 2012

El Cáliz Valaco

El viajero paseaba por las calles de la ciudad rumana de Târgoviste, capital de la provincia de Valaquia. Atormentado por la sed, llegó a la plaza, donde había un pozo para sacar agua. Allí, sobre una tabla clavada a modo de estantería, había un cáliz que relucía. El hombre se acercó, para beber y para examinar la copa.
Cuando llegó al pozo, se sorprendió al ver que el cáliz era de oro macizo, incrustado de piedras preciosas.
-Yo que vos lo dejaría en su sitio.
El extranjero se volvió, sobresaltado. A su espalda había un anciano. En su mano llevaba un bastón y vestía una túnica que había conocido tiempos mejores.
-No me negaréis que es un objeto muy tentador – dijo el visitante inspeccionando la copa con detalle.
-A la vista puede ser muy tentador. Pero su historia hará que lo dejéis en su lugar no bien yo haya terminado de contárosla.
-Contádmela, pues. De todos modos, no pensaba robarlo.
-Lo celebro. Pues él os encontraría.
-¿Quién es “él”?
-El voivoda. Gracias a él ese cáliz lleva en este mismo pozo varios años. Al principio, cuando el voivoda ordenó colocar la copa en el lugar del que la habéis cogido, fue robado. Dos días después, el cáliz volvía a estar en su sitio y, junto al pozo, un poco más atrás de donde estáis vos ahora mismo, estaba el ladrón empalado. Algunos meses más tarde, la copa volvió a desaparecer. Esta vez tardó tres días en aparecer y, entonces, el ladrón también fue empalado, pero junto a toda su familia. Desde entonces, a nadie se le ha ocurrido ni siquiera tocar el cáliz.
-¿Quién es ese voivoda tan salvaje?
El anciano sonrió.
-En verdad sois tonto, o venís de lejos. Su nombre es Vlad Draculea.
El viajero palideció. Dejó el cáliz en su sitio y siguió su camino a paso ligero, sin volver la vista atrás y sin haber saciado su sed.