24 de marzo de 2012

Profecía Escandinava


   Tras tres inviernos seguidos de ningún verano, dos lobos saciarán su hambre con el sol y la luna, sumiendo al mundo en la más profunda oscuridad. El Maligno volverá al mundo acompañado de su hijo.
   Tres gallos cantarán, uno rojo para los Gigantes, uno dorado para los Dioses y uno naranja para los Habitantes del Infierno.
   La serpiente marina resurgirá, golpeando a la Tierra con el Mar, escupiendo veneno sobre la Tierra y el Cielo.
   Del Este vendrá un barco construido con las uñas de los muertos, que transportará a los Gigantes al campo de batalla. Del Norte vendrá otra nave, capitaneada por el Maligno, que traerá como tripulación a los Habitantes del Infierno.
   Los Gigantes de Fuego vendrán desde el Sur, arrasando el mismo Cielo y dejándolo todo en llamas. La bestia que guarda el Infierno romperá sus cadenas y se unirá a ellos.
   Un cuerno retumbará, llamando a los Dioses a la batalla. Vendrán del Oeste, acompañados por las almas de los valientes, cubiertos de hierro.
   Dioses y Gigantes sucumbirán por igual, el mundo arderá y la Muerte será la gran beneficiada, no quedando alma con vida en la Tierra, la cual se hundirá en el Mar.

18 de marzo de 2012

El Aquelarre

   Yorkshire, siglo XII. El pueblo entero murmuraba. Corría el rumor de que Ayleen era una bruja.  Nadie se relacionaba con ella porque todos le tenían miedo. Menos su amiga Mary. Ella era la única que defendía su inocencia, aunque a veces se comportara de forma extraña. Algunas noches, se iba al bosque y no regresaba hasta el día siguiente. Cuando Mary le preguntaba, se hacía la loca, alegando que ella no había ido a ningún sitio. Pero aquello se iba a acabar. La próxima vez la seguiría y averiguaría lo que hacía.
   Mary hizo guardia en su ventana hasta que al filo de la medianoche vio salir a Ayleen. Se vistió rápidamente y salió. Se mantuvo a cierta distancia para que no la oyese y se internaron en el bosque. Al poco tiempo, Mary distinguió lo que parecía ser el resplandor de una hoguera y una extraña música. Se detuvo y se escondió detrás de un árbol. Ayleen había llegado a un claro donde había, efectivamente, una gran hoguera y otras cuatro mujeres. Dos de ellas tocaban sendas flautas, entonando una música encantadora, casi hipnótica. Cuando vieron a Ayleen dejaron de tocar.
   Ayleen avanzó hasta la hoguera y empezó a hablar.
   -Te invocamos, Padre de las Mentiras. Ven a nosotras para poder renovar nuestro trato contigo y seguir sirviéndote hasta que nos llames a tu presencia.
   Cuando el bosque se tragó el eco de sus palabras, se produjo un profundo silencio. Ninguna de las mujeres se movió, como si el tiempo mismo se hubiese detenido.
   De la hoguera empezó a salir una gran humareda y el bosque se llenó de un intenso olor a azufre. De entre el humo, surgió un macho cabrío, el cual se irguió sobre sus patas traseras y, lentamente, se convirtió en el Mal en persona. Era grande, de un color anaranjado, tenía unos cuernos retorcidos, dos alas enormes desplegadas a los lados y una cola larga y gruesa. Pero lo más horrible de todo era el rostro. Ojos grandes y rojos, sin nariz, únicamente dos rendijas en mitad de la cara, y la boca, sin labios, albergaba unos dientes grandes, largos y afiladísimos y, lo más desagradable, era la lengua, larga y verdosa.
   Mary tuvo que taparse la boca para no gritar. Sintió que le fallaban las piernas y se arrodilló, acurrucada contra el tronco del árbol. Estaba aterrorizada y quería salir corriendo pero, al mismo tiempo, no podía apartar la vista de aquel espectáculo infernal.
   Las mujeres se arrodillaron ante su señor. Ayleen puso un recipiente a los pies del diablo. Éste sacó un cuchillo enorme y se hizo un corte en uno de sus enormes brazos, del cual brotó un chorro de sangre roja brillante que llenó el recipiente. Ayleen lo tomó, bebió de él y lo pasó a otra de las mujeres, la cual repitió el proceso. Una vez hubieron bebido todas, el demonio se dirigió de nuevo a la hoguera y desapareció. Las mujeres seguían arrodilladas con la mirada perdida en el vacío. De repente, cayeron inconscientes en el mismo orden en que habían bebido.
   A pesar del miedo que atenazaba su estómago, Mary se acercó a la hoguera. Comprobó que su amiga no estuviera muerta. Vio que el cuenco no estaba vacío del todo y, no pudiendo contenerse, se lo acercó a la boca. En cuanto la sangre rozó los labios, la hoguera crepitó brutalmente y de nuevo surgió la bestia. Mary gritó e intentó huir, pero el demonio la agarró y despareció con ella en la hoguera, llevándosela a las profundidades del infierno.