21 de abril de 2012

La Maldición Templaria: Capítulo II


El hombre medía su lujoso despacho a grandes zancadas, como un león enjaulado. Hacía lo mismo cada vez que el padre Bertrand bajaba a la celda de Jacques de Molay. Llevaba ya varios meses con el asunto de los templarios, un tema que no le gustaba en absoluto. No obstante, debía reconocer que la farsa estaba saliendo de maravilla. Habían logrado verter falsas acusaciones sobre ellos y que la Inquisición se las tragara. Por si eso fuera poco, el papa Clemente V había ordenado la disolución de la Orden, de modo que toda la cristiandad tenía a los templarios por unos malditos herejes. Sin embargo, hasta que no viera a su Gran Maestre reducido a cenizas, no dormiría tranquilo. En ese momento, cualquier templario que quedase vivo, perdería toda esperanza de reconstrucción de la Orden, otrora la más poderosa de la cristiandad.
El hombre se detuvo en seco cuando escuchó unos golpes en la puerta.
-Adelante – ordenó, mientras se sentaba por fin en la silla tras su mesa.
El padre Bertrand entró y cruzó el despacho, admirando la mullida alfombra que decoraba el suelo de piedra, las estanterías repletas de libros y algún que otro tapiz colgado de las paredes, hasta el escritorio de madera maciza tras el cual un fuego calentaba la sala.
-Hablad.
-Ha firmado, señor – dijo escuetamente el sacerdote, depositando un pergamino encima de la mesa.
En el rostro de Guillermo de Nogaret se dibujó una amplia sonrisa. Esperaba esa noticia con ansiedad desde hacía tiempo. Cogió el pergamino y empezó a leer.
-Decidme, padre. ¿Ha reconocido las acusaciones?
-No, señor. Pero esta vez se ha dado cuenta de que, realmente, no tenía otra opción.
-Bien, podéis retiraros – dijo Nogaret guardando la confesión en un cajón de su escritorio.
El padre Bertrand hizo una reverencia y salió.
Por fin, Guillermo de Nogaret pudo hacer algo que deseaba hacer desde hacía mucho, respirar aliviado. Y reír. Rió como nunca se había reído, en parte por el alivio, y en parte por el éxito que había tenido. Se reía de la Inquisición, de cómo se habían tragado sus mentiras. Si alguien hubiese entrado en ese momento en su despacho, pensaría que había perdido el juicio.
Cuando recuperó la compostura, se dirigió a los aposentos del rey para comunicar al soberano la grata noticia. Avanzó por los laberínticos pasillos a paso ligero, ignorando a guardias y sirvientes, hasta alcanzar una puerta doble ante la cual se apostaban dos guardias durante las veinticuatro horas del día.
-Dejad paso.
Los guardias se retiraron a un lado. Guillermo llamó a la puerta.
-¿Quién va? – preguntó el rey desde el interior.
-Soy yo, majestad.
-Pasad.
Guillermo entró en los aposentos reales. Siempre que entraba allí le invadía tal sensación de inferioridad que le subía la bilis a la boca. La gran sala estaba calentada por nada menos que cuatro chimeneas en las que el fuego crepitaba alegremente. Las paredes están cubiertas por gruesos tapices con escenas de caza y de Tierra Santa, seguramente traídos por el abuelo del rey, Luis IX de Francia, San Luis. Sobre cada chimenea se exhibían los trofeos de caza del rey, el cual era un gran aficionado a este deporte. Encima una gran mesa de madera estaba el desayuno esperando. En el enorme lecho cubierto de seda y flanqueado por gruesas alfombras estaban el rey y una mujer, cuya cabeza no soportaba el peso de la corona consorte.
El rey se levantó y se vistió. Felipe IV de Francia, llamado el Hermoso, no era un hombre que dejara indiferente. Alto, de hombros anchos y larga cabellera rubia, las mujeres lo deseaban y los hombres lo envidiaban por ello.
-¿Qué os trae aquí a estas horas, señor de Nogaret? – preguntó el rey.
-Una noticia que sin duda os agradará, mi señor.
-Decid. – ordenó el monarca dirigiéndose a la mesa y cogiendo una fruta.
-El Gran Maestre ha firmado la confesión que tanto ansiábamos.
-Vive Dios, que ya era hora.
Guillermo se esperaba una reacción algo más efusiva. No contaba con que el rey de Francia empezara a dar saltos por sus aposentos y que tirara la corona al aire, pero sí al menos una sonrisa.
-Bien, disponedlo todo para dentro de siete días. Será en la Île de la Cité, frente a las puertas de Notre-Dame.
-Como ordenéis, majestad.
-¡Ah!, casi lo olvido. Recordad invitar a Su Santidad, señor de Nogaret.
-Sí, mi señor.
-Bien, retiraos.
-Majestad.
Guillermo se dio la vuelta y se dirigió a la puerta. A medio camino, oyó las risitas de la acompañante del rey, el cual, sin duda, se disponía a celebrar la noticia.

7 de abril de 2012

La Maldición Templaria: Capítulo I

   En un rincón de la húmeda y fría mazmorra, sobre un montón de paja, un anciano contemplaba los rayos del sol que se colaban a través de los barrotes de un pequeño tragaluz. Por su aspecto, se diría que llevaba allí bastante tiempo. Su barba, larga y descuidada, lo atestiguaba. La gastada túnica que vestía apenas le protegía del frío de la celda. El anciano se hallaba sumido en sus pensamientos cuando escuchó el sonido de la llave girando en la cerradura de la puerta.
   Acompañado por un guardia armado, un sacerdote con cara bondadosa entró en la celda. El anciano sabía que la bondad era una máscara. Conocía demasiado bien a los sacerdotes al servicio de la Inquisición.
   -Dejadnos solos, por favor – le dijo el sacerdote al soldado.
   El soldado salió y cerró de nuevo la puerta.
   -Buenos días, hijo mío. ¿Habéis decidido confesar?
   El anciano levantó la cabeza, dirigiendo al sacerdote una mirada cargada de odio y cansancio.
   -¿Vos otra vez? ¿Qué queréis que confiese? ¿Que he dedicado toda mi vida a proteger a los más necesitados? ¿Que he sacado a la Corona francesa de innumerables apuros económicos? ¿Que ahora el rey me traiciona a mí y a mis hermanos por miedo y porque nos debe incontables cantidades de oro y plata? Bien, tomad nota de todo esto por enésima vez, si os place.
   -¿Negáis, pues, todas las acusaciones de herejía, idolatría, sodomía y blasfemia vertidas sobre vos y sobre vuestros hermanos?
   -Las niego y escupo sobre ellas – respondió el preso acompañando las palabras con hechos.
   -¿Igual que escupíais sobre el Crucificado?
   El anciano se levantó de su montón de paja, con tal velocidad que asustó al clérigo.
   -¡Mentira! - tronó el preso - ¡Jamás ningún miembro de mi Orden ha hecho semejante cosa! ¿Cuántas veces he de repetirlo?
   -¿Podéis demostrarlo? – repuso tranquilo el sacerdote.
   El anciano agachó la cabeza y volvió a sentarse, cansado y abatido.
   -Sabéis que es mi palabra contra la del rey, el Papa y la Inquisición. No tengo nada que hacer.
   -Luego asumís las consecuencias que ello os acarrea, supongo.
   -¿Acaso tengo otra alternativa?
   -Confesad. Liberad vuestra conciencia para reuniros con Dios en paz.
   El anciano guardó silencio unos instantes. Estaba hastiado de oír esa frase pero, esta vez, la meditó.
   -De acuerdo… - contestó, sabiendo que su destino, dijera lo que dijese, estaba sellado.
   El sacerdote no se esperaba esa respuesta.
   -Bien, firmad este documento – dijo, tendiéndole un pergamino y una pluma.
   El reo leyó el texto. En líneas generales, decía que reconocía todos los cargos de los que estaba acusado y que aceptaba la penitencia que le fuese impuesta. Una sonrisa irónica asomó a sus labios al leer la palabra “penitencia”. Sabía muy bien que el verdadero significado de esa palabra era “muerte en la hoguera”. Cuando terminó de leer, cogió la pluma y firmó, tras lo cual devolvió al sacerdote el pergamino.
   -El rey tomará una decisión sobre vuestro caso y se os informará a su debido tiempo. Ahora, os dejo para que oréis, si lo consideráis oportuno.
   El clérigo se dirigió a la puerta y dio dos golpes. De nuevo, el guardia abrió y el sacerdote se retiró, dejando a Jacques de Molay, Gran Maestre de la Orden del Temple, sumido en la soledad de la mazmorra.