16 de mayo de 2012

El Mercader Afortunado


Era día de mercado en Târgoviste. Los mercaderes anunciaban sus productos a grandes voces. Uno de ellos, un mercader búlgaro, estaba sentado bajo el toldo de su puesto, dormitando mientras uno de sus criados atendía a los clientes. De repente, se dio cuenta de que faltaba una bolsa que contenía monedas de oro.
-Maldición, si antes estaba aquí.
La buscó por todas partes, pero infructuosamente.  A la hora del almuerzo, comentó su desgracia a los demás mercaderes.
-Denunciad el robo al voivoda y tendréis la bolsa en menos tiempo que se persigna un cura loco. – dijo un comerciante local.
-Pero ni siquiera he visto a quien me la robó. ¿Cómo la va a encontrar?
-Hacedme caso. El voivoda tiene recursos de sobra. Id al castillo y denunciad.
-Bien.
Cuando acabaron de comer, el mercader siguió el consejo de su colega y fue a ver al voivoda. Llegó a las puertas del castillo, donde unos guardias le cortaron el paso.
-¿Quién sois y qué queréis?
-Eh… yo… soy mercader. Me han robado en el mercado esta mañana una bolsa de monedas de oro.
-Y queréis que mi señor la encuentre, supongo.
-Sería una alegría para mí.
-Bien, os llevaré ante él – dijo el guardia. – Seguidme.
Cruzaron en el patio del castillo, donde había guardias que se entrenaban con las armas. Entraron en el edificio principal y subieron unas escaleras hasta la segunda planta. Allí giraron a la derecha y ascendieron por una escalera de caracol, hacia la torre donde estaba el salón del trono, supuso el mercader.
Llegaron arriba ante una puerta doble custodiada por dos guardias.
-Esperad aquí – dijo el guardia que le acompañaba, y entró en la sala.
El mercader esperó, sintiendo las miradas curiosas de los soldados.
El guardia salió al cabo de unos instantes.
-Pasad.
El mercader entró en el gran salón. Una larga alfombra roja cubría el suelo desde la puerta hasta el trono, que se hallaba sobre dos tramos de cuatro escalones. Sentado en el trono de madera maciza, estaba Vlad Draculea, voivoda de Valaquia.
El asustado mercader había oído historias extrañas sobre aquel hombre. Sintió que su mirada le traspasaba hasta el alma.
-¿Qué os trae ante mí, buen hombre? – preguntó el voivoda con una voz grave, pero amable.
-Eh… me han robado una bolsa de monedas de oro en el mercado esta mañana, mi señor.
-¿Habéis visto al ladrón?
-No, mi señor.
-Decidme dónde está situado vuestro puesto.
-Está junto a la fuente de la plaza el mercado.
-Bien, volved mañana a esta hora, mercader. Retiraos.
-Mi señor.
Al día siguiente, después del almuerzo, el mercader volvió al castillo. En la puerta estaba el mismo guardia del día anterior, quien le reconoció al instante.
-El voivoda os espera en el patio. Entrad.
El hombre entró en el recinto, y lo que vio le dejó helado. En el centro del patio había cinco personas empaladas, dos mujeres y tres hombres. A un lado de las estacas, sentado en un escabel y con una amplia sonrisa en la cara, estaba el voivoda. En sus manos tenía la bolsa que le habían robado al mercader. Se la arrojó a los pies.
-¿Es esta vuestra bolsa? – preguntó.
-S…s…sí, mi señor – balbució el mercader.
-Contad las monedas para ver si están todas.
El sudoroso mercader contó las monedas con manos temblorosas. Estaba tan nervioso que se perdió y tuvo que empezar de nuevo. Cuando terminó estaba más nervioso que cuando había empezado.
-Eh…so…sobra una, mi señor.
El voivoda sonrió más aún, mostrando unos dientes níveos.
-Id con Dios, mercader. Vuestra honradez os ha salvado. Si os la hubiérais quedado, esta estaca sería para vos.
-Gracias, mi señor.
El mercader se dio la vuelta y se fue a toda prisa del patio, sintiendo la mirada del voivoda en la nuca.

5 de mayo de 2012

La Maldición Templaria: Capítulo Final


18 de marzo de 1314
Era el último día de su vida, y Jacques de Molay lo sabía. El propio Guillermo de Nogaret había bajado en persona para decírselo, al día siguiente de su confesión.
Se despertó por última vez como siempre, frío, con la túnica húmeda y con los huesos doloridos. Bueno, pensó, dentro de unas horas entraré en calor.
El día transcurrió como otro cualquiera, con el mismo silencio, la misma comida que haría vomitar a las cabras, y de nuevo más silencio.
Cuando faltaba una hora para el ocaso, el padre Bertrand entró acompañado de un soldado.
-¿Sabéis una cosa, padre? Estoy empezando a cansarme de vos y de vuestra cara. – dijo el preso a modo de saludo.
-No sufráis innecesariamente. Mañana ya no veréis mi cara, sino la de Dios todopoderoso.
-Dejaos de falsa bondad y consuelo. Casi os doblo la edad y, vive Dios que os triplico la inteligencia.
-¿Queréis confesión?
-No. Creo que con todos los moros que he matado le he demostrado a Dios del lado de quién estoy.
-¿Estáis seguro? – repuso el sacerdote.
-Tan seguro como que hoy voy a morir.
-Que así sea.
El padre Bertrand salió y, al cabo de unos diez minutos, entraron dos guardias en la celda.
-Arriba, viejo. Vas a respirar de nuevo aire puro, antes de respirar hollín.
El Gran Maestre se levantó del montón de paja y los soldados le pusieron grilletes en manos y pies.
-Vamos – dijo un guardia, dándole un empujón.
Fuera de las mazmorras había una jaula en un carro tirado por bueyes. En el interior de la jaula había otros dos presos. Eran templarios. Entró en el carro impulsado sin miramientos por un guardia.
-Señor, no sabíamos que estabais aquí – dijo uno de los presos.
-Ahorrad aliento, hermanos, para pedir a Dios que muráis asfixiados por el humo antes que quemados por el fuego.
El carro empezó a moverse. Salió a las atestadas calles de París, rumbo a Notre-Dame. La gente, a duras penas contenida por los guardias de la Corona, tiraban hortalizas variadas, escupían y abucheaban a los presos a su paso. El trayecto se les hizo eterno.
Cuando por fin llegaron a la Île de la Cité, vieron tres piras de leña, el doble de altas que un hombre, entre la catedral y el palco de autoridades.
Los guardias sacaron a los presos y los condujeron a los postes que coronaban las piras, encadenando al Gran Maestre en la pira central.
Jacques de Molay dirigió la vista al palco, observando a los que serían testigos de su muerte. Estaban los Doce Pares de Francia, varios nobles y, en los asientos centrales, los reyes Felipe IV y su esposa Juana I de Navarra, flanqueados a la derecha por el papa Clemente V y a la izquierda por Guillermo de Nogaret, quien lucía una sonrisa amplia y socarrona.
Cuando los presos estuvieron atados a sus respectivos postes, el rey se levantó y pronunció la sentencia.
-Jacques de Molay, por los cargos de herejía, idolatría, sodomía y blasfemia, os condeno a vos y a vuestros hermanos a morir en el fuego purificador. Que Dios se apiade de vuestras almas.
El rey se sentó y el verdugo encendió las piras. La plaza se iluminó con la infernal luz del fuego, levantando el clamor de la muchedumbre. El fuego se elevó rápidamente, engullendo a los tres hombres. De repente, se alzó un fuerte viento que apartó las llamas de las piras, permitiendo al Gran Maestre mirar a los ocupantes del palco. Gritó por encima del ruido del viento, del fuego y de la muchedumbre que, sorprendida por la ira y la fuerza del grito del anciano templario, enmudeció.
-Dios sabe quién se equivoca y ha pecado, y la desgracia se abatirá pronto sobre aquellos que nos han condenado sin razón. Dios vengará nuestra muerte. Señor, sabed que, en verdad, todos aquellos que nos son contrarios, por nosotros van a sufrir.
Todos los presentes contuvieron el aliento.
-Clemente, Guillermo y vos también Felipe, traidores a la palabra dada, ¡os emplazo a los tres ante el Tribunal de Dios!... A vos, Clemente, antes de cuarenta días, y a vos, Felipe y Guillermo, dentro de este año. ¡¡Y maldita la Corona hasta la decimotercera generación!!
El viento cesó y las llamas ocultaron para siempre al último Gran Maestre de la Orden del Temple.