5 de mayo de 2012

La Maldición Templaria: Capítulo Final


18 de marzo de 1314
Era el último día de su vida, y Jacques de Molay lo sabía. El propio Guillermo de Nogaret había bajado en persona para decírselo, al día siguiente de su confesión.
Se despertó por última vez como siempre, frío, con la túnica húmeda y con los huesos doloridos. Bueno, pensó, dentro de unas horas entraré en calor.
El día transcurrió como otro cualquiera, con el mismo silencio, la misma comida que haría vomitar a las cabras, y de nuevo más silencio.
Cuando faltaba una hora para el ocaso, el padre Bertrand entró acompañado de un soldado.
-¿Sabéis una cosa, padre? Estoy empezando a cansarme de vos y de vuestra cara. – dijo el preso a modo de saludo.
-No sufráis innecesariamente. Mañana ya no veréis mi cara, sino la de Dios todopoderoso.
-Dejaos de falsa bondad y consuelo. Casi os doblo la edad y, vive Dios que os triplico la inteligencia.
-¿Queréis confesión?
-No. Creo que con todos los moros que he matado le he demostrado a Dios del lado de quién estoy.
-¿Estáis seguro? – repuso el sacerdote.
-Tan seguro como que hoy voy a morir.
-Que así sea.
El padre Bertrand salió y, al cabo de unos diez minutos, entraron dos guardias en la celda.
-Arriba, viejo. Vas a respirar de nuevo aire puro, antes de respirar hollín.
El Gran Maestre se levantó del montón de paja y los soldados le pusieron grilletes en manos y pies.
-Vamos – dijo un guardia, dándole un empujón.
Fuera de las mazmorras había una jaula en un carro tirado por bueyes. En el interior de la jaula había otros dos presos. Eran templarios. Entró en el carro impulsado sin miramientos por un guardia.
-Señor, no sabíamos que estabais aquí – dijo uno de los presos.
-Ahorrad aliento, hermanos, para pedir a Dios que muráis asfixiados por el humo antes que quemados por el fuego.
El carro empezó a moverse. Salió a las atestadas calles de París, rumbo a Notre-Dame. La gente, a duras penas contenida por los guardias de la Corona, tiraban hortalizas variadas, escupían y abucheaban a los presos a su paso. El trayecto se les hizo eterno.
Cuando por fin llegaron a la Île de la Cité, vieron tres piras de leña, el doble de altas que un hombre, entre la catedral y el palco de autoridades.
Los guardias sacaron a los presos y los condujeron a los postes que coronaban las piras, encadenando al Gran Maestre en la pira central.
Jacques de Molay dirigió la vista al palco, observando a los que serían testigos de su muerte. Estaban los Doce Pares de Francia, varios nobles y, en los asientos centrales, los reyes Felipe IV y su esposa Juana I de Navarra, flanqueados a la derecha por el papa Clemente V y a la izquierda por Guillermo de Nogaret, quien lucía una sonrisa amplia y socarrona.
Cuando los presos estuvieron atados a sus respectivos postes, el rey se levantó y pronunció la sentencia.
-Jacques de Molay, por los cargos de herejía, idolatría, sodomía y blasfemia, os condeno a vos y a vuestros hermanos a morir en el fuego purificador. Que Dios se apiade de vuestras almas.
El rey se sentó y el verdugo encendió las piras. La plaza se iluminó con la infernal luz del fuego, levantando el clamor de la muchedumbre. El fuego se elevó rápidamente, engullendo a los tres hombres. De repente, se alzó un fuerte viento que apartó las llamas de las piras, permitiendo al Gran Maestre mirar a los ocupantes del palco. Gritó por encima del ruido del viento, del fuego y de la muchedumbre que, sorprendida por la ira y la fuerza del grito del anciano templario, enmudeció.
-Dios sabe quién se equivoca y ha pecado, y la desgracia se abatirá pronto sobre aquellos que nos han condenado sin razón. Dios vengará nuestra muerte. Señor, sabed que, en verdad, todos aquellos que nos son contrarios, por nosotros van a sufrir.
Todos los presentes contuvieron el aliento.
-Clemente, Guillermo y vos también Felipe, traidores a la palabra dada, ¡os emplazo a los tres ante el Tribunal de Dios!... A vos, Clemente, antes de cuarenta días, y a vos, Felipe y Guillermo, dentro de este año. ¡¡Y maldita la Corona hasta la decimotercera generación!!
El viento cesó y las llamas ocultaron para siempre al último Gran Maestre de la Orden del Temple.

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